Se avecina un verano salvaje o les presento a Daniela Massanet. Por Malena Saito.

          Foto

         Cuando me propone Leonor reseñar un libro, pienso automáticamente en un libro que no existe, un libro que hace años viene siendo una promesa, una especie de remanso en el medio de la vorágine de publicaciones actuales, un libro que es en realidad un archivo de word, una conversación de wasap, en donde le voy pidiendo a Daniela Massanet que no deje de enviarme lo que está escribiendo, un libro que comparto como un secreto en mis talleres.

           Pienso automáticamente en una escena, yo y Daniela tomamos un vino, y ella me dice que no lee sus poemas en vivo porque están fuera del tono de la época y lo dice, sin ningún atisbo de soberbia, con pena, como si se tratara de una niña a la que dejan afuera del juego del recreo. Le digo que ese es un prejuicio contra ella misma y contra el ambiente. Sus poemas vienen a traer la noche apacible que necesitamos para poder concentrarnos en una poética que se escapa de lo cotidiano. Nos soplan al oído y nos dan un escalofrío que nos refresca y nos deja extraños, como si hubiera pasado un espíritu o un ángel.

           Como una estela Figueroa porteña, como el hada que no invitaron a las fiestas, este yo lírico que aparece dedica sus noches a fumar en un patio, a mirar las plantas y confiar en su paciencia, a pasear por los márgenes y recordar a los hombres que la esperan en otros puertos, otras épocas. Sufre de terrores nocturnos, se evade de la rutina, como un faquir que transporta archivos y papeles, en el medio del desierto o de la selva “No conozco avión/No atravesé países/sentada en el aire/como si fuera natural/Pero sé en qué consiste correr/por pasajes subterráneos”.

          En los poemas de Daniela, siempre es verano, siempre el calor nos sofoca y nos deja a la vista, nuestro lado animal, salvaje “la naturalidad con que la gata/despedaza palomas/sin remordimientos/ dejando para mí los restos”,  la ferocidad de lxs que nos rodean “Él tuvo mi corazón en la boca/Lo sostuvo entre los dientes”.

      Sus poemas son saltos de fe, ella, que parece haber sido maldecida, esboza prometerse el silencio, pasar sus días en la mudez. No hablamos de una poeta encomendada en santidad, ni de una poeta maldita, hablamos de una mujer que cuenta con la mística como estrategia “si muriera dije no/a eso también no soy santa/aunque haya hecho de mi casa/un monasterio/Un monasterio es un buen escondite”.

           Lo femenino aparece como lo excesivo, lo que desborda, el dolor de ser voraz, el deseo por sobre el terror “La primera vez que me besaron/pensé/que podría haber sido/más hondo más oscuro/más”, luego aparece el amor como un infamia, algo que quema “Voy a llevar el beso en la nuca como un estigma marcado a fuego hasta apagarme”, pero después también como una bandera “Recuperar la intimidad/Recuperarla/Como si fuera una venganza”.

             Daniela reluce en la espesura, en el horario en que todxs duermen, brillan a la luz de la luna o del artificio, los monstruos marinos, las culebras, las plazas abandonadas, las plantas, las mujeres insaciables, el mar y su escalofriante silencio. Pero también hay en todo infierno, grandes claros, donde parar a tomar agua como una yegua “noble y brillante/ como un espejo dorado” o una mujer que escribe cartas en su amplio vestido blanco sin tener ningún apuro , el olor a jabón fresco. Bocanadas de aire en este poemario que no existe y encomiendo se publique. ¡navegantes del ciber espacio, marinos errantes, náufragos, he aquí una de las poetas más relucientes de mi generación!

 

Ya no es tiempo, insisto

de demorarme mirando las avenidas.

 

Voy a ponerme un vestido blanco

y a escribir cartas a media tarde.

 

Trabajé

como un mecanismo averiado.

 

Crucé pasillos helados

en establecimientos

 

Tal vez

con un expediente en la mano.

 

O café

o un incendio.

 

Como un faquir

los atravesé.

 

Llegué a dudar del destino final

de esos pasillos.

 

Mantuve intacto el deseo

de que las puertas de salida

 

desembocaran en un bar

cuya puerta de salida desembocara

 

en otro.

 

Llevé en el alma la mudez

durante muchos meses.

 

No hablé.

 

Yo quisiera no demorarme

en las avenidas.

 

Mis únicos ríos

posibles.

 

Yo quisiera hacer un gesto

que diera algo a luz y

 

dárselo a un transeúnte.

Algo simple y delicado.

 

Todos caminan como si dios

hubiera soplado en sus oídos

 

una única instrucción

antes de abrir las manos

 

y ponerlos a caminar

sobre la tierra.

 

No tengo instrucción.

 

No recuerdo mis habilidades.

 

Todo parece tan resuelto,

tan definitivo y natural.

 

La demencia se atraviesa de forma fluida.

Entro a veces en ella como a todas las trampas.

 

Quisiera alumbrar algo

parecido a una coincidencia

 

a una premonición

a la sospecha de algo oscuro

 

que crece en un jardín.

Podría retirarme después.

 

Pensar que podría estar nevando.

Escribir cartas en mi vestido blanco

 

deslizarlas bajo puertas que no conozco.

Recuperar la intimidad

 

Recuperarla

Como si fuera una venganza.

 

Malena Saito (1994) Poeta, librera, editora. Su primer libro “Amiga”, fue publicado el año 2.017, por la Editorial Santos Locos. Atiende Luz Artificial, librería secreta que fundó con la poeta Micaela Szyniack.

Poemas comentados de Daniela Massanet. 

Mariana Rodríguez comenta “Manca” de Juana Adcock.

                31j7-PKsSNL._AC_SY400_

 

  La cópula del espejo.

 

I ought now to ask my­self how my translations

 have fed back into my own poetry;

and how the poetry of other languages

has contributed to the development of ours.

 

Yves Bonnefoy en la traducción de John Alexander y Clive Wilmer

 

             De manera casi imperceptible, existe la concepción internalizada de la traducción en forma de jerarquía. Dicha concepción está influenciada en parte por nuestras costumbres lectoras, pero esta idea tiene más relación con la industria editorial y la manera en que se decide presentar las publicaciones de las traducciones.

         Me refiero a las formas en que las ediciones bilingües colocan los textos: el “original” se confronta a su traducción al colocarlos face-to-face, mientras que otras editoriales deciden situar el texto en su lengua original al final de su traducción as an afterthought.

          Afortunadamente, desde tiempo atrás, las prácticas de la traducción han ganado terrenos importantes en un contexto de globalización lectora y algunas capas del proceso de la traducción son reveladas en interesantes discusiones, sobre todo académicas; pero dichas reflexiones no se limitan al mundo de las universidades ni de los departamentos de literatura comparada.

       La invisibilidad que antes rodeaba como un aura a los y (sobre todo) a las traductoras se desdibuja. Aunque, aún existen editoras o editores que “olvidan” colocar el nombre de la persona traductora en sus portadas; hoy nuevas rutas respecto al tema se han trazado y me atrevo a decir que ya no habrá vuelta atrás.

               Ejemplo de ello es el maravilloso libro de Juana Adcock, Manca, en traducción de Robin Myers. Editado bajo el sello argonáutica, una editorial que se ha preocupado por realizar libros bilingües bien hechos. Este libro es una muestra de lo que mencioné en los párrafos anteriores. Las jerarquías idealizadas, donde un original es mejor que su traducción o viceversa, no existen.

          Para empezar el libro nos da la bienvenida con un guiño atrevido que invita a reflexionar: múltiples traducciones de un fragmento de la Ilíada, tanto en inglés como en español. Traducciones de 1910 hasta el 2015 de un fragmento infinito, cuyo “original” perdido en el imaginario de un Homero (real o inventado), vislumbró al guerrero rendido, ante el peso de su morrión, comparándolo con una amapola. Es aquí, en esta antesala, donde se nos presentan dos ejes a seguir: las posibilidades casi infinitas de la traducción, y la guerra, como un tema que desde los inicios de la humanidad ha inspirado a la poesía.

            Manca, es hoy ya en las letras mexicanas un clásico. Me atrevo a decir que es un referente para nuestra generación como un libro potente que nació de las entrañas de la violencia de México, en aquellos años en los que la guerra del narcotráfico cimbró nuestras mentes y nos colocó al borde de la violencia; la cual, poco a poco nos envolvió, rodeó,  y aunque hoy en día parece que se ha disipado, la verdad, es que el fantasma de la guerra quizá sólo mutó y aún revolotea sobre nuestras cabezas.

            Esta nueva edición de Manca es sumamente interesante por diversos ejes. No sólo por la manera en Juana Adcock ha colocado una parte de nuestra historia de México; sino por su planteamiento de cómo esa historia afectó los cuerpos, en específico el suyo, cuerpo bilingüe que se expresa en carne y lengua, cuerpo abierto, desembocado, luminoso y nómada.

         Otro eje, es el que ya mencioné al inicio. Las posibilidades de la traducción. Una traducción que se desenvuelve en tres mundos: el español, el inglés y el spanglish. La traductora fue traducida por la poeta que a su vez ha sido traducida. Entonces, esto es una trenza múltiple donde se encuentran dos mundos, tres mundos ¿cuántos mundos caben en un libro? Los que sean necesarios. Los que alcance a reflejar el espejo multiplicado, y sobre todo, los que el ojo entrenado sepa percibir.

      Me encantaría colocar aquí todos los poemas que más me entusiasmaron y emocionaron, pero el espacio es limitado y creo que no podría escoger ninguno, ya que tanto en su “original” como en su traducción, todo el libro tiene maravillosas oportunidades para adentrarse en aguas internacionales, y , sentir dos corrientes, recorrer tibiamente el cuerpo que los lee. Hay poemas que son “plagios” de recortes de periódico, fragmentos de una telenovela, fragmentos de historias y noticias, y en todos, hay un ritmo volcánico, que sólo fue posible gracias a la cópula del espejo que sucede en el momento de la traducción.

 

Inundaciones

 

I

Al principio estoy yo contra la ola.

Yes, I am locked in.

Paredes de cemento que se ciernen

a mis lados

y a mis espaldas;

a wall of wáter ahead.

No puedo hacer nada sino pararme de puntas

deep breath and stretch the neck

tratar de confiar que mi cabeza

encontrará el aire

 

Inundations

I

At first it’s me versus the wave.

Sí, I’m encerrada.

Cement walls sifting

beside

and behind me;

a wall de agua por delante.

All I can do is stand on tiptoe

respirar profundo and stretch my cuello

try to trust my head

will find air

 

 

Mariana Rodríguez (1988) Escritora, traductora y editora de libros. Actualmente vive en la Ciudad de México, antes DF, antes Tenochtitlán. Cuenta con un blog http://mgilmourimbaud.blogspot.com/

Texto comentado : “Manca”, de Juana Adcock. Traductora: Robin Myers. Primera Edición. Ciudad de México: Argonáutica, 2019.

 

Natalia Rojas comenta “Lumbre de Ciervos” de Emma Villazón.

132453

                                                       

                                                                   Una apreciación animal:

 

               El animal abre el camino, el animal no sigue a nadie pero sí lo sigue detrás quien descifra. El ciervo andino es la taruka, transita por los vericuetos de la altura, al igual que el lenguaje que se construye en este libro de Emma Villazón (Santa Cruz, 1983). La luz que aparece detrás de cada palabra, hace dialogar a los poetas invitados, los inserta en los paisajes intricados de una sintaxis borrascosa, oscura, mas cuando se dice oscuro, no se dice ceguera, se dice detrás de la luz.

                Lumbre de ciervos, presagia un diálogo entre el lector y el paisaje, no como un lugar fuera del cuerpo, sino un territorio que mediado por el desborde del lenguaje, redibuja los contornos del tránsito de un yo hablante, pasa por cada uno de los objetos instalados y los suma al rebase. Lo que del límite se vuelca, es información refractada, es cuando Villazón invita a las voces a trenzarse en este poemario, interpelándolos, pues se torna necesario que más palabras anuncien la llegada de la piel animal, la interpreten, respondan a los susurros que emite la influencia en la escritura, con el fin de ir resolviendo los misterios que el ciervo va alumbrando en el tránsito.

               Los poemas de Villazón, avanzan en armonía con un territorio que nace paralelo a ese ritmo tan propio de su escritura. Labor, que en la reciprocidad, conforma un hilado de voces correspondientes a la relación epistolar de ciervos a otros poetas. La necesidad de atraer a otros hasta el camino del ciervo responde a un espíritu de comunión, me atrevo a decir, al ayni andino, el lugar donde la reciprocidad puede ser tangible e intangible, la gente del ayllu se junta(ba) a hilar lana en las noches, en casa de un convocante, este les ofrece coca y alcohol a cambio de la ayuda con el hilado. Mientras se hila la lana, cada uno de los participantes narra una historia que recuerda, haciéndose así un espacio de memoria, un coro, un llamado a otros ciervos. Por lo mismo, Lumbre de ciervos se nos dispone como un camino en donde se oyen diversos cantos, todos de esta tierra, de la poesía, del cine, es el coro de la lengua de una bestia silvestre en búsqueda de alimento.

             La figura de la carta nos mantiene al tanto de quiénes son los que siguen al ciervo. Contar una historia no debería situarse lejos del canto ni del transitar. Como quien camina por los vericuetos andinos, sabe que debe tomar atención a los detalles para lograr volver: la carta es, en Lumbre de ciervos, un canto cartográfico del recuerdo y el testimonio del diálogo entre los ciervos, pues quienes cuya primera labor era seguir al animal, renacen para volverse uno como él. Y así es como poco a poco, los participantes de este peregrinaje se van volviendo otros, incluso la misma autora se pierde en la escritura. La piel animal es lengua de paisaje, arrullo que derrama sintaxis para obtener el sonido y todas las voces del camino:

 

Recordatorio para un ciervo 

 

saltando íbamos

cielo arriba en seducción

bajo cada suela una huella,

miles confirmaban la casa, nuestra boca

no; el azul calor se daba

que hace garabatear telas paredes medallas

y hundir la cabeza en pozo áureo

 

fortificados niños ojos de fanal,

nos decían, traídos para alzar

de bandeja —hipocampos?  no!

la labor de la progenie la transparencia de la copa

lo laudable el temor a las fieras lo carnoso

 

pero de tumbo en tumbo nos fuimos

no vimos o vimos las bardas al atravesar la copa y el grito;

al amanecer tomamos té con delfines

riendo entre excrecencias fosforescentes

 

                                                         —recuerda, recuerda, siempre

                                                             tuvimos la piel de lo animal

 

Texto comentado: Lumbre de ciervos, de Emma Villazón, Editorial La Mancha, 2013.

Natalia Rojas (Melipilla, 1983). Teje, planta y escribe. Publicó Pedernal (2011) en coedición Chile-Argentina por Cuadro de Tiza y VOX Ediciones. Sus poemas aparecen en revistas virtuales, fanzines y en antologías.

 

Daniela Gaitán comenta “Pedernal” de Natalia Rojas.

pedernal (1)

         Hay en la poesía chilena un seguimiento de la tradición un poco escaso en los últimos años de esta década. Gran parte del ámbito literario se ha adaptado más a temas generacionales que vienen calando y formando su propio espacio desde la mitad de los años 2000. Sin embargo, en este mismo lapso, vemos poemarios como Pedernal, que arrastra consigo lo necesario de la tradición que se ha dejado ir de a poco, y que, implícitamente, hace una nueva aparición.

            En este contexto, era de esperarse con cierta ansiedad este libro, y claro ¿por qué no? apuro necesario de que frente a la escena que en ese tiempo se vivía, aparezca este libro que parte desde su inicio como un primer paso para retomar la tradición, sin ser una calca del pasado (*). Pedernal se defiende bastante bien en sus ritmos poéticos y en los temas que aborda, moviéndose en la medida adecuada y consagrando una escritura uniforme que da al lector el apego necesario que se necesita para acabar un buen libro en corto tiempo.

            Sin embargo, hay que tomarlo con bastante cuidado, decir que retoma la tradición a veces no puede ser tan bueno, la poesía y su uso siempre puede ser un arma de doble filo y es cuestión del autor saber llevarlo con armonía. Esto lo veremos ahora, y es que la autora desarrolla con buen dominio el tema, siendo fácil seguir esa línea que nos hará ver la historia detrás de los versos, de una manera mesurada, haciéndonos apreciar poco a poco a dónde se dirige, y en qué medida puede o quiere llegar a hacerlo.

       Pedernal rompe el espacio donde se mueve, lleva consigo una prosa poética trabajada, sin ser algorítmica ni simplista en absoluto, sino más bien cargada de una sensibilidad fuera y dentro del yo poético. No solo es un contar lo que pasa alrededor, es la escena de una expectación gravada con la mirada y expuesta en cada verso, logrando así hacer ver al lector con los ojos del perceptor, cuando éste es uno de los retos más difíciles de todo escritor, pero ¿qué es lo que percibimos tras Pedernal?

        Para respondernos esta pregunta basta nada más dirigirnos a las líneas que lo inician: «sin pensar esta noche en noche, ardo un cirio, depositante silencio en llama. esta es la mano que me hace transitar.» Pues es justamente lo que la autora intenta hacer con nosotros y en nosotros durante su lectura, abrirnos paso, darnos una especie de lumbre a través del boscoso poemario donde habitan incansables alusiones a la naturaleza. «perdona las paredes que llevo de álamos, crujidos y polvo. perdóname por perderme en el aliento último.» El estilo en sí y el tema nos dan una especie de libro/arboleda donde un pedernal encenderá la chispa para ver lo que hay ahí dentro, y que, por el mismo motivo ,nos servirá de guía desde el inicio hasta el final.

        Pedernal está compuesto, al parecer, de un poema grande entrecortado o un conjunto de poemas que forman uno solo. Es bastante ligero de leer, incluso podría decir que rápido, no sé cómo tomar esto, es un poco difícil señalar lo que busca la autora como interpretación con esa ligereza. Si lo describiera de alguna forma fáctica, diría que Pedernal es un lugar donde se corre con pies descalzos vislumbrando todo lo que hay alrededor, es como un electroshock, que te hace transitar de un lugar a otro en un instante, y que al recordarlo, piensas que han pasado años en el otro lado.

            Ahora, la interpretación que encontramos en ese otro lado es bastante subjetiva: en primera instancia encuentro a un personaje corriendo, que a medida que la lectura avanza, se va confundiendo con una segunda persona; los cambios son instantáneos y poco perceptibles, tanto así que cuando te das cuentas, han aparecido como tres personajes más, o una historia aparece de la nada alrededor del primer personaje.

             Ese es otro punto bastante interesante, Pedernal no va por una sola línea tratando de contarnos algo sino todo lo que pasa en ese tránsito. Es como una amalgama o una especie de mosaico que forma un mural, en el cual, en donde veas, hay algo que está ocurriendo.

            Pedernal por ejemplo, es un mar de sensaciones; como dije párrafos antes, hay un personaje principal que nos hará sentir como el que nos muestra todo lo que pasa alrededor, entonces con esto en la escena, nos vienen miradas inesperadas, una figura de fondo que trata de atraparnos, otra más allá, la figura de alguien que quiere salvarnos de lo que nos persigue, y por último, aparecen a nuestros alrededores pequeñas historias que se cuentan entre versos, casi en clave o en un lenguaje que no está permitido que comprendamos.

         El surrealismo encontrado aquí es fantástico, o tal vez esto trascienda lo surreal , haciendo de este viaje algo más atractivo a descubrir, pero que sin duda está abierto a la variedad de interpretaciones que los lectores tendrán después de este viaje bastante particular y ameno.

            Por otro lado, cabe resaltar la propuesta arriesgada en el terreno poético del 2011, (año en el que fue editado el poemario) con Pedernal se dio un paso necesario para la poesía chilena escrita por mujeres y para la poesía chilena en general, algo no tan visto desde hace bastante tiempo, con la intención y capacidad necesaria del crear en la escritura.

           En este sentido pudo abrir un camino más, quizá un camino que ya estaba abierto pero que nadie se atrevía a tomar, hasta que alumbró Pedernal.

 

Texto comentado : “Pedernal”, de Natalia Rojas.  Cuadro de Tiza.

Daniela Gaitán (Colombia, 1993) Ha sido antologada en las antologías de poesía Hot Babes (Editorial Ojo de Pez) y Pasarás de Moda (Editorial Montea). Publicó la plaquette Con/Cavidad(Perniciosa Ed.) Poemas suyos han aparecido en marimariteje.blogspot.com y en espacios de literatura como Poesía sub25, Digopalabra txt, entre otros.

(*) Expresión peruana.

Mariana Rodríguez comenta “Para una historia de los alimentos” de María Eugenia López:

para-una-historia-de-los-alimentos

 

Un sónar de sonares.

Estaba sola.

Al pasar, en una estación del metro de París vi que daban las doce de la noche.

Era muy desgraciada; por otras cosas.

Las lágrimas comenzaron a correr, silenciosas.

“Año nuevo” en Río subterráneo de Inés Arredondo

                El azar quiso que en un remate de libros me “tropezara” con Río subterráneo, un libro de cuentos de Inés Arredondo. No el azar, sino yo misma quise leer Para una historia de los alimentos, el último libro de María Eugenia López, poeta argentina radicada en La Plata. Ambos libros fueron mis últimas lecturas y ambos fueron leídos de manera paralela. No para buscar una conexión entre ellos, lo que pasa, es que como algunos insectos, salto de un jardín a otro.

            Terca, como suelo ser, insistí en leer Para una historia de los alimentos porque siempre voy a María Eugenia, siempre me encuentro enredada entre sus poemas. Su cálida voz, aunque no la puedo escuchar, hace eco en los rinconcitos de mi memoria. Su ritmo cautivante, aquel que habita sus poemas, hipnotiza de manera natural a quien la escucha. Sus palabras me mueven y a la vez calman. Inexperta ante la meditación, me acomodo en la poesía y en silencio comienzo mi lectura.

              Al igual que el cuento de Inés Arredondo, la poeta argentina comienza el libro con textos que nos llevan a París a pasar el año nuevo. Pero a diferencia del París de la cuentista mexicana no hay lágrimas. La única agua que corre radica debajo de un puente. Aunque también hay lluvia que rompe el mapa de la poeta y “El agua era de donde nos agarrábamos para andar”.

               El agua que se bebe en forma de bebidas calientes, para aguantar el frío europeo que tanto nos maravilla a las latinoamericanas. Bebida que se convertirá en orina y que la protagonista de esta primer parte del libro debe “descargar” en secreto para que la dueña del lugar donde se queda, no note su presencia. Una presencia enamorada, llena de luz que irradia cariño y poesía por sus poros.

               Cariño de dos mujeres que salivan, que se sienten y conviven en el silencio. Pero también en las voces. Sobre todo en las voces. Voces viejas como las catedrales, en ese momento aún sin incendiarse. Voces extranjeras. Murmullos en otro idioma. Las voces de las ambulancias. Los ecos de un viaje lleno de una entrega que sólo el amor sabe evocar. Un amor envolvente. Sin embargo, por una extraña razón, pienso en el año nuevo de Inés Arredondo, pienso en sus lágrimas. Insisto en hundirme en un paisaje frío y azul (por no decir triste). Qué extrañas inquietudes despiertan en mí tu poesía, María.

              De repente, la segunda parte del libro aparece, para hacer contrapeso ante lo que acabamos de atestiguar. “Se oye un sónar bajo el agua.” La primera persona se diluye para dar paso a otro tipo de voz. Una voz que se cuela entre las grietas de un paisaje marítimo. Lanzo un quién vive: Me responde una multitud de animalitos. La fauna y la flora prometen la muerte. ¿Has estado en el mar? ¿Has metido y sacado la cabeza del océano? ¿Has abierto los ojos? ¿Qué imágenes aparecen? ¿Es una distinta de la otra? ¿Es la misma espuma? Así son los poemas de esta segunda parte. Flashbacks a la infancia:

“El gran calamar rojo pasa, y donde estaba la niña ahora hay una mancha de tinta.”

[…]
Atrapa un pez rojo y se lo pone en la boca para que no se muera. La lluvia va a hinchar su garganta para siempre. Y la selva avanza por el cuerpo. Y se le mete entre las piernas. Ella se transforma hasta parecer una bolita de wasabi.

[…]

El animal se mezcló en la chapa con pelos sangres y pintura. Ella miraba el aliento del caballo contra el parabrisas. […]”

           Las inmensidades de cada página fluyen; se mueven. Un libro que no tiembla, es un libro muerto. Aquí estoy yo viva y sorprendida ante una poeta que se atrevió a emigrar, a viajar y a amar. Pero también aprendió a quedarse. Al menos en mi memoria, su voz resuena, como un sónar de sonares.

 

Mariana Rodríguez (1988) Escritora, traductora y editora de libros. Actualmente vive en la Ciudad de México, antes DF, antes Tenochtitlán. Cuenta con un blog http://mgilmourimbaud.blogspot.com/

Texto comentado : “Para una historia de los alimentos”, de María Eugenia López. Primera edición, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Zindo & Gafuri, 2018.

 

Vera Grimmer comenta “Antígona González” de Sara Uribe:

410Xz8UX33L._SX313_BO1,204,203,200_

 

 

“A donde vayan los iremos a buscar”[1]: un ensayo sobre Antígona González de Sara Uribe (2012)

¡Qué tarde parece que vienes a entender lo que es justicia!

(Antígona, Sófocles)

           Los griegos siempre encuentran la manera de reflexionar sobre el origen de nuestras miserias, sin piedad. En Antígona, la protagonista “no ha aprendido a ceder ante la desgracia”, como señala el corifeo. Su búsqueda de justicia la lleva a infringir la ley impuesta por Creonte y da sepultura al cuerpo de su hermano: honra la muerte. Este acto de desobediencia civil la condena a su propio final. El rey no puede perdonar la rebeldía de su nuera, y montado en un ataque de furia, la castiga. Hemón trata de hacer entrar en razón a su padre, que enceguecido por el poder, no puede vislumbrar su mal juicio. Cuando el profeta Tiresias vaticina sobre el horripilante futuro que le espera a Creonte, este sale a tratar de enmendar sus errores. Para ese entonces tanto Antígona como su hijo y su mujer están muertos.

          Las tragedias son inevitables, esa es otra enseñanza de los griegos. Aunque tratemos con todas nuestras fuerzas humanas de impedir las leyes divinas, no podemos contra ellas. Los dioses han elegido un destino para nosotros, y sólo nos toca perseguir esa fatalidad. He aquí una discusión muy interesante: ¿son realmente las tragedias inevitables? ¿Qué hacemos con el libre albedrío? ¿Está todo librado al deseo de los dioses? En Antígona González, la escritora mexicana Sara Uribe nos deja ver una historia de Tamaulipas, México pero que podría ocurrir en cualquier momento, en cualquier lugar de Latinoamérica. La tradición de personas desaparecidas excede a los estados de sitio y nos interpela incisivamente. “Donde antes tú ahora el vacío” reza uno de los versos de Uribe. Ese vacío, ¿es el cuerpo desaparecido? ¿Es la perforación en el cuerpo de la familia? La sensación de no encontrar calma, de permanente alteración es una constante en esta obra.

                ¿Primero se cuentan los muertos, después se los nombra? ¿Qué haremos con los cuerpos que ya no están? ¿Ahora y siempre los sostendremos? ¿Quiénes nos ayudarán en esta tarea? La ausencia es tan grande que horada lo que somos, y no podemos abrazar la totalidad de la desesperanza. “No querían decirme nada. Como si al nombrar tu ausencia todo tuviera mayor solidez. Como si callarla la volviera menos real.”

             Es interesante la estructura del poemario: primero se cuentan las muertes y luego, finalmente, se dice el nombre de quién busca a los muertos. Podríamos interpretar que importa más la justicia y encontrar a los responsables políticos, que una voz con nombre y apellido. Uribe se apoya en diferentes voces: las hipertextualidades (referencias a Antígona Vélez, Antígona furiosa y el texto de Sófocles, por ejemplo), la voz de Antígona González y las voces calladas. Todas conforman un coro dispar, como si fueran fantasmas que necesitan una sentencia que los libere.

              Buscar personas desaparecidas es una tarea inclaudicable en nuestro continente. Muchos adhieren a que la desaparición “ya fue”, es cosa del pasado. Hay quienes consideramos, como señala tan claramente el poema de Perlongher, que: “en el desdén de la que no se diga que no piensa, acaso / en la que no se dice que se sepa… / hay cadáveres”. En respuesta a los crímenes de lesa humanidad de la dictadura cívico-militar-eclesiástica argentina, comienzan a organizarse grupos de estudios de memoria, surgen los Juicios a las Juntas Militares, no cesa la búsqueda jamás. En este sentido, la memoria es como indica Jelin, un trabajo y una lucha. Es fundamental narrar el dolor para poder articular un marco que contenga, de alguna forma, las múltiples memorias y sus sentidos. El recuerdo no es una fijación obstinada en el pasado, sino una marca para no olvidar, para no repetir el horror. Uribe logra sintetizar esta postura en estas palabras: “Como el sueño, eras lo que desaparece, y eras también todos esos lugares vacíos que no desaparecen.”

[1] Este es un fragmento de una canción que se corea en todas las marchas del 24 de marzo, Día Nacional de la Memoria, Verdad y Justicia en Argentina: “Olé, ola, olé, ola / como a los nazis les va a pasar / a donde vayan los iremos a buscar”. Elijo este fragmento por su carácter combativo, en resonancia con los hipertextos de Antígona González y la búsqueda de los desaparecidos.

 

Vera Grimmer ( Argentina, 1993) Poeta y gestora cultural. Recita poesía en espacios culturales desde el 2013, a veces acompañada de un pequeño sintetizador: el monotrón. En el 2015, publicó su primer libro de poemas ¡Sálvese quien pueda! por Elemento Disruptivo Editora. En el 2017, El Rucu Editor presentó su plaqueta Loop & desborde.

Texto comentado : “Antígona González”, de Sara Uribe.

Inicio.

Bienvenida, bienvenido:

      Este blog nace con el fin de generar diálogo entre autores y escrituras. Un texto se entrega a una autora o un autor, con el fin de que haga un pequeña reflexión acerca de texto leído, luego se sube a esta página para que pueda ser leído por otras personas.

       Abrazos!